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Siempre he creído que los
acontecimientos más extraordinarios destacan por la sencillez de las
personas que los llevan a cabo, personas normales, ciudadanos y ciudadanas
de a pie que en un determinado momento se convierten en verdaderos héroes y
heroínas. Sin lugar a dudas son los hechos los que fraguan las voluntades y
escriben los actos de sus protagonistas en el imborrable libro de la
memoria.
Y es aquí en este punto, cuando uno debe retenerse ahora y recordar a
aquellos protagonistas que hicieron posible con su sacrificio y su vida que
hoy nuestro país sea como es y que una generación como la mía propia hayamos
crecido en la libertad de las ideas y de la palabra.
“Que mi nombre no se borre en la historia” esas fueron las últimas palabras
de Julia Conesa, una de las trece rosas fusiladas en el año 1939 en las
tapias del cementerio de Madrid antes de que una bala acabase con su vida.
Con Julita Conesa fueron más de medio millón de españoles y españolas los
que sufrieron el exilio, la represión y la muerte en sus carnes.
Familias divididas y vidas sesgadas por el odio de los vencedores fue el
regalo del caudillo a la otra España.
Y esa otra España la que llamaron la roja, la republicana, la legítimamente
votada en unas elecciones fue la condenada al obligado olvido, al eterno
letargo de aquellos tiempos pasados. Pero que difícil debe ser olvidar un
pasado cuando la bota militar de una dictadura ahoga constantemente tu voz.
Muchos fueron los anónimos héroes del pasado, muchos los que hicieron
posible que la llama de la izquierda y de los valores de libertad, igualdad
y justicia social no se perdieran en el tiempo. Muchos en definitiva los que
hicieron posible con su sacrificio que esa llama con nombre democracia
llegase a unas nuevas generaciones de españoles.
Han pasado más de sesenta y seis años desde el final de la guerra más
cruenta de nuestro país, pero hoy todavía los protagonistas de aquella
contienda incívica que enfrentó a primos con hermanos y a españoles contra
españoles recuerdan como si fuese ayer los acontecimientos que sumieron a
España en la barbarie. Aun hoy cuando recuerdan aquellos días en los que sus
vidas fueron sesgadas se les humedecen sus ojos recordando al padre
desaparecido en un paseo nocturno, al hermano hendido en una tierra sin
determinar, el marido internado en los campos de concentración del caudillo
o a los amigos que sufrieron la barbarie nazi en los campos de Hilter y a
los que la España de Franco definió como “Apatridas”.
A nosotros, a esta generación de españoles que hoy vivimos en democracia no
nos queda más que cumplir con una obligación :que el nombre de todos
aquellos que sufrieron la represión y el tormento no se borre de la memoria,
porque si eso ocurre no habremos hecho posible el único homenaje que
teníamos la obligación de hacer a esos miles de españoles que murieron o
fueron represaliados: El del recuerdo.
Una de esas protagonistas
Francisca Adame Hens fue hace unos meses homenajeada por el presidente de la
Junta de Andalucía Manuel Chaves González quien en calidad de presidente de
la Junta de Andalucía le hizo entrega de la Medalla de Andalucía, “la
historia de Señá Francisca, como la conocen en el pueblo cordobés donde
vive, Fuente Palmera, es un ejemplo de lucha y coraje ante la persecución
padecida por su familia al término de la guerra y que convirtió su infancia
y juventud en un ir y venir de las cárceles y de los campos de concentración
en los que durante largos años estuvieron encerrados su padre, Manuel Adame
Adame, un guardia civil que luchó con la milicia republicana, y su hermano,
Manuel Ademe Hens, cuya vida transcurrió en paralelo a la del progenitor
tanto en la guerra como en la posguerra.
Sin renunciar nunca a sus ideas, esta jornalera luchadora sólo pudo ir a la
escuela cuando tenía 65 años. Escritora de poemas, María Adame utilizó la
poesía como vía de escape y desahogo de los padecimientos sufridos, para
luchar contra las sombras que ahogaron su luz y para recordar que la Guerra
Civil “no se terminó en el 39, duró cuarenta años más”.Cuarenta años mas en
los que muchos españoles sufrieron exilio, represión y olvido.
Ahora en el calor de una democracia consolidada como la nuestra es cuando
debemos de hacer ese homenaje a los “olvidados” ,a quienes murieron o fueron
represaliados por defender algo que hoy muchos disfrutamos, es tiempo ya de
abrir con palas la tierra y con plumas los libros del pasado, para
reconciliarnos con nuestro presente y mirar con fuerza a nuestro futuro. |