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Ya
está. Ha llegado el fin de la historia. O eso dicen los agoreros del
mundo moderno. A partir de ahora ya no existen diferencias entre la
izquierda y la derecha. Todo es igual, lo único que importa son los
gestores. Es el fin de la política entendida en su sentido más puro,
como solución de los problemas colectivos.
Sin embargo, siento defraudar a los que defienden estas cuestiones. Me
niego a que sea el fin de la historia, o que, al menos, la historia
tenga que terminar de este modo. Me niego a ello. Hoy, en este mundo
global, las ideologías son más necesarias que antes. Porque la
globalización, teniendo efectos positivos –todo en la vida lo tiene-
también los tiene muy negativos. Y uno, sin duda, fundamental, es que
con la globalización exclusiva del capital, de la economía, las
diferencias sociales no sólo no se ha reducido, sino que se han
triplicado. Así pues, cuando aumentan las desigualdades es cuando más
necesario se hace la existencia de políticas de izquierda, de reducción
de tales desigualdades para alcanzar realmente la Libertad.
Es curioso. Se habla de libertad de mercado. Yo creo que no puede haber
nada más opuesto. ¿Cómo puede existir libertad cuando en ese mercado el
que tiene 100 tiene derecho a ciertas cosas y el que tiene 1000 a otra
cantidad o calidad distinta? No existe pues, libertad en el mercado.
Porque ser libre, realmente, en su sentido más puro, es tener
posibilidad de elegir, de optar por lo que uno quiera. Entonces como una
persona que sólo tiene 100 va a poder adquirir unos zapatos que le valen
1000. Es imposible. Se verá obligado a adquirir otros de peor calidad.
Por tanto, ya no es libre para elegir. Y es que, sin duda, la libertad
más auténtica, la real, sólo se consigue alcanzando una igualdad de
oportunidades.
Por tanto, los socialistas, sintiéndolo mucho por quiénes deseaban el
fin de las ideologías tenemos un papel fundamental que jugar en el
futuro. Ante esta globalización del capital que genera nuevas
desigualdades debemos los socialistas intervenir, con fuerza, para
asegurar la Libertad. Porque el principal objetivo de los socialistas
debe ser alcanzar la Libertad. Que nadie se extrañe. La Libertad siempre
ha sido el objetivo de los socialistas. Esa Libertad que sólo existirá,
algún día, cuando todas las personas tengan la misma igualdad de
oportunidades. Por tanto, frente a aquellos que claman por el
neoliberalismo como la fórmula política del futuro, los socialistas
somos quiénes tenemos que afrontar la construcción cierta de ese futuro.
Un futuro para todos y de todos, y no, como algunos quieren, única y
exclusivamente para los grandes centros comerciales. Así pues, las
ideologías no sólo no han dejado de existir sino que, con las nuevas
actitudes ante el mundo moderno, ante los procesos de falsa
globalización, tenemos un hueco fundamental en el que seguir
estableciendo diferencias a la hora de ejecutar las políticas.
Es necesario que los socialistas juguemos un papel clave en el reto de
la globalización. Mejor dicho, somos los socialistas quiénes tenemos que
dar el primer paso hacia la globalización. Por ello, hemos de adoptar la
defensa de posturas nítidas en estas cuestiones. Defensa del control de
los flujos de capitales, con instrumentos de control factibles de
ejecutar, para que así no observemos la fuga de grandes mulltinacionales,
con cierre de empresas en los países occidentales, para abrir, a las
pocas horas, en países del tercer mundo, explotando laboralmente a los
habitantes de estos países. Universalizar desde las instituciones
políticas, los componentes mínimos que garanticen la igualdad de los
seres humanos independientemente del lugar o clase de nacimiento. Es
necesario establecer, con rango universal, normas de obligado
cumplimiento para todos, como son los derechos sociales básicos:
educación, sanidad, control laboral (edad mínima para trabajar, jornada
laboral máxima, salario mínimo). Al mismo tiempo hemos de afrontar la
construcción de un modelo político universal imperativo que asegure un
mínimo común a todos los países del planeta, que asegure unos derechos
básicos a todos. Y la ONU no está, hoy por hoy, jugando el papel que
debiera. Por ello hemos de liderar las transformaciones necesarias para
que esto se cumpla. Que se creen tribunales internacionales para juzgar
un mínimo de crímenes cometidos en todo el planeta. Que se articules los
medios necesarios de cooperación al desarrollo que contribuya al
progreso de estos países subdesarrollados. Un conjunto de medidas que
sólo la izquierda, los socialistas, podemos y debemos afrontar. Porque
es tiempo que no nos dejemos llevar por ruedas de molino. Hemos de decir
NO a una globalización basada en el capital y la explotación. Y por
decir NO, no dejamos de ser más modernos. En todo caso, estaremos
demostrando que sentimos, que somos seres humanos que no se muestran
fríos ante las desgracias de nuestros semejantes. Y que no perdemos la
ilusión. Porque nos negamos a mirar a un mundo con complacencia en el
que cada día mueren miles de seres humanos de hambre. Que nos negamos a
seguir consistiendo que más de 300 millones de niños, de edades entre
los 4 y los 14 años trabajan hasta 14 horas diarias para que nuestros
zapatos, nuestra ropa, no salga a mejor precio. Que nos negamos a que
cada día miles de niños y niñas del tercer mundo sean violados por
occidentales deseosos de satisfacer su líbido, destrozando de por vida a
estos pobre infelices, muriendo, al cabo de pocos años, de SIDA u otras
enfermedades por la explotación a la que han sido sometidos. Me niego a
creer que no hay otra forma de ver el mundo, de construir nuestro
planeta. Me niego a admitir que la inmensa mayoría de la población
mundial pasa hambre, mientras una selecta minoría vive en la opulencia.
O a que cien empresas se repartan, en todo el planeta, el 60% de los
beneficios económicos del mercado.
Por tanto, nada de cerrar el libro. La historia aún no ha terminado.
Porque somos nosotros, las personas que sentimos dolor ante el
sufrimiento del semejante, los que nos negamos a terminar de esta manera
la historia. Por tanto, hoy más que nunca, no hay fin de la historia.
Ahora, como siempre, es necesario que sea la izquierda quién la escriba.
Quién escriba la nueva historia. |